Día Mundial del Flamenco

Para muchos, el Flamenco es Patrimonio de la Humanidad desde 2010, pero para mi, es parte del patrimonio de toda mi vida. Desde muy pequeña, casi sin saberlo, el flamenco era parte de ella. Que si un vinilo de Lole y Manué, que si la niña de los peines en el radiocasette, que si llega abril y comienza la feria.

Incluso,en mi adolescencia, cuando mi música era el rock, llegaban a mis manos cintas de Triana o un CD de Medina Azahara; y me hacían volver a sentir el flamenco en mi corazón, el que bailaba con castañuelas y mantoncillo al son del Vito cuando tenía 11 años en clases de Flamenco con Manolo Crujera.

El flamenco no te toca. Te empuja, te hace zozobrar para hundirte en un sentimiento y reflotar con más fuerza. Es una raíz tan ramificada y mezclada con otras que hasta sin quererlo está ahí, latiendo, como una parte más de tu cuerpo.

El flamenco y yo

Desde muy pequeña tengo fotos vestida de flamenca. Aunque no tenía conciencia de ello, ya mi madre me hacía partícipe de esta cultura, de esta manera de vivir y entender la vida. Enseñándome los compases a ritmo de castañuelas ( aunque en mi casa siempre se han dicho palillos) movimiento de muñeca y abanico, flor bien puesta en la cabeza y planchado de lunares y volantes.

Entre sevillanas, fandangos y seguidillas pasaban los días que se convertían en meses e incluso años dentro de mi memoria.

Poco a poco fui creciendo con esta música. En el contexto familiar, en el vecindario, en el colegio… Incluso siendo la más revolucionaria de mi calle, el flamenco renacía de alguna manera u otra. ¿Hay algo más revolucionario que la “Leyenda del tiempo” de Camarón o cualquier tema de Triana?

Pues con esa música formando parte de mí iba creciendo y formándome como persona. Y aunque durante un tiempo esa parte de mi estaba aletargada, solo hacia falta unas palmas y un par de compases al ritmo para que despertase.

El flamenco no tiene fronteras

Aunque nunca había dejado de sentirlo. En cierto modo, me alejé de esta cultura y el baile durante algunos años de mi vida.

Pero entonces llegó; en el momento, y sobretodo, en el lugar más inesperado. Por circunstancias de la vida, estaba yo en Lituania pasando más fresco que en un anuncio de dentífrico cuando volvió a mi.

Yo trabaja en una escuela de español en Vilna, la capital de Lituania, y a pocos pasos de mi podía escuchar tras una ventana una música que me resultaba familiar y cálida. Allí estaba “Tientos Klubas”, la mejor escuela de flamenco de todo el báltico. Me acerqué con incredulidad, una escuela de flamenco en el lugar más insospechado. Entonces me encontré con dos amantes del flamenco Ilona y Marina, que me hicieron  revivir esa sensación que ya había sentido en mi juventud.

Empecé a formar parte de algo muy hermoso. Y me sentí una privilegiada de haber nacido donde he nacido. Ver  a tanta gente disfrutar de un arte, un baile, una música, una cultura que está a nuestro alcance y que desde tan lejos la valoren tanto, hace que tus cimientos y  arrogancia se tambaleen.

Compartí muchas experiencias con esta familia flamenca: bailamos, vimos películas sobre flamenco subtituladas en ruso, cantamos, bebimos, comimos juntas, fuimos a diferentes teatros a ver espectáculos, recibimos masterclass de flamencos por el mundo y entre las cosas más emocionante fue que me pidieran poner voz, poesía y golpe de castañuelas a uno de sus espectáculos, todo un orgullo.

 

La educación y el flamenco

Ya en mi estancia en Lituania comencé a jugar a mezclar la enseñanza con el flamenco. ¿Qué mejor hilo conductor que una de nuestras señas de identidad más universales?

Desde el flamenco se pueden trabajar muchos conceptos para aprender el español. Vocabulario, cultura, poesía, gramática, en general todo, se puede hacer entender a través del flamenco. Por tanto, su uso a nivel pedagógico en la enseñanza de una lengua es muy útil.

Recuerdo con mucho cariño, cuando iba al “Tientos Klubas” a dar mis clases de español-flamenco. Y como, muchas mujeres que estaban aprendiendo a bailar empezaban a entender el significado de las canciones, y eso, les motivaba aún más para seguir bailando.

“Verde que te quiero verde, verde viento, verde rama”

Ver sus caras, y saber que ahora entendían esta frase de Federico García Lorca y que bailaban al ritmo de Manzanita, me hacía sentir llena de orgullo.

El flamenco en la escuela

Gracias a mi experiencia con los más pequeños como maestra en España, he podido adaptar la enseñanza del español flamenco con niños, adolescentes, adultos y seniors de otras nacionalidades e idiomas, por ejemplo a través de pictogramas que ellos realizan, aprender qué dice la canción que están transmitiendo con su cuerpo, una experiencia increíble.

En siguientes post os daremos más información y recursos de cómo llevar el FLAMENCO al aula con los peques y no tan peques.

¡Viva el Flamenco!

12, 123, Catalina coge el vuelo

12, 123 Baila el mundo con los pies

Catalina sin Pamplinas. Leonor Leal

Espacio Borboleta

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